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Una lección en la primera elección

Contracorriente

Una lección en la primera elección

Fernando Torres Montoya

Te interesas en las elecciones. Decides leer las propuestas y hasta pagas TV por cable para estar informado. Escribes el nombre de tu candidato en un papelito, no vaya a ser que el día de las elecciones lo olvides y termines apoyando a Anakin SkyWalker. Estás emocionado. Primera vez que participas en una elección Federal y hasta le das “like” al Facebook de tu candidato y lo sigues durante meses. Vas a sus reuniones cada vez que te citan por correo e- mail y hasta te pones la sudadera talla small que te han regalado dejándote ver el ombligo. En sus mítines sostienes el cartel azul hasta que te duelen las pestañas del regocijo que te provocan unas propuestas que entiendes a medias. Todo sea por el destino de mi Canadá, para que no se llene de terroristas mafiosos, piensas. Te interesas en sus rivales políticos y los estudias, no vaya a ser que el país se convierta en un fumadero y los mariguanos terminen siendo los más contentos y dueños del país. Tampoco te hace gracia que se estén vendiendo en cada esquina tronchos al por mayor, como Mc Donalds o Starbucks, de acuerdo con la propuesta del jovenzuelo. O peor aún, que el feo comunista termine siendo el “presidente” del país. Para ser comunista hay que ser feo, piensas.

El día de las elecciones te levantas temprano y haces fila en el local comunal en el que te ha tocado votar. Las ánforas las han ubicado en el salón donde las señoras hacen aerobics. Te acercas y la encargada te pide un ID. Ni te sonríe, seguramente apoya al jovenzuelo y sospecha de tus intenciones porque has ido disfrazado de azul, desde el gorro hasta las botas de goma para lluvia en ese día soleado, como para que no queden dudas. Recibes la cartilla de votación. La miras, la sientes, te parece un cheque de banco. Recuerdas las elecciones en tu pueblo, y rememoras que en aquellas épocas la lista de candidatos presidenciales podía llenar una sábana entera de cama King Size. Hasta con foto de los postulantes venía; mas símbolo, mas currículo personal, recuerdas. Esas, si eran elecciones.

El país se jugaba la vida en cada proceso y todo estaba en juego, porque de un momento a otro todo empezaba de nuevo, todo podía volver a foja cero. Desglosas la cédula tipo cheque de banco con cuidado, no vaya a ser que por abrirla más allá de las rayitas punteadas termines jodiendo todo el proceso electoral en British Columbia. Te relajas y estiras el papelito. Por Dios – piensas – esto debe ser una broma. Qué es esto, te preguntas. ¡Me cambiaron la cédula de votación los del partido Verde! Estás al borde del colapso, pero te calmas, respiras. Un fraude, piensas violentamente. ¡Un fraude, un fraude!, pero no te atreves a hacerlo público, estás paralizado por la impresión. Quizá me dieron la cédula de la elección anterior por error, piensas. Siempre optimista, crees que el error ha sido involuntario. Te dispones nuevamente a estudiar con calma el papelito de mierda que no tiene el nombre de tu candidato. ¡Oh por Dios!, tampoco están los nombres del resto de candidatos a Primer Ministro. Este es un fraude cantado. Me dieron la cédula de las elecciones municipales en El Salvador, no hay otra explicación. ¡Help, Help!, gritas en medio de la sala de aerobics. Aireas el papelito y piensas en el titular del periódico del día siguiente; “Latino descubre Fraude en elecciones canadienses”. Un caballero de turbante rojo (debe ser un infiltrado del jovenzuelo, piensas) te pregunta cuál es el problema. ¡El nombre de mi candidato no aparece en la cédula de votación!, gritas exasperado. Efectivamente, te dice una jubilada voluntaria, ninguno de los nombres aparece porque este es un proceso de democracia indirecta, propio de una Monarquía Constitucional. Se escogen a los representantes de los distritos o ayuntamientos y no a los líderes de los partidos. Gana la elección el que obtiene mayoría de miembros en el Parlamento y por consecuencia asume el líder del partido. Entonces te calmas, pides disculpas “I am sorry”. Regresas a la cámara secreta lentamente, pecho erguido. Coges el bolígrafo y lees con ayuda del dedito índice de arriba a bajo. Thompson, Chu, Hacker, Stolichnaya, Bacardí. Con orgullo patriótico y gran responsabilidad moral eliges a cualquiera. Total, nada cambia, excepto el cambio mismo.